IDEAS

Cultura, industria y soberanía creativa

España no debe limitarse a atraer producciones y consumir contenidos ajenos. Necesita crear, financiar, conservar y exportar propiedad intelectual propia.

Durante demasiado tiempo, la cultura ha ocupado una posición contradictoria dentro del debate público español. Se reconoce su importancia como expresión artística, patrimonio colectivo, identidad compartida y derecho ciudadano, pero rara vez se la trata con la misma seriedad económica e industrial que se concede a otros sectores estratégicos.

La conversación suele quedar atrapada entre dos extremos igualmente insuficientes. Para unos, la cultura es fundamentalmente una actividad que debe ser protegida mediante subvenciones. Para otros, representa un gasto prescindible que debería demostrar su viabilidad exclusivamente en el mercado. Ambas posiciones reducen una realidad mucho más amplia.

No toda actividad cultural tiene que ser rentable. Una biblioteca rural, un archivo histórico, un museo público, una compañía experimental o la conservación de una lengua no pueden evaluarse únicamente mediante su retorno financiero. Su valor social, educativo y democrático justifica políticas públicas específicas.

Pero reconocer esa dimensión no debería impedir entender otra evidencia: la cultura también es una industria. Produce empleo cualificado, empresas, exportaciones, innovación tecnológica, propiedad intelectual, turismo, reputación internacional y capacidad de influencia.

Un país que no desarrolla su propia industria cultural no deja de consumir cultura. Simplemente consume la que otros países producen, financian, distribuyen y poseen.

Un sector económico que todavía tratamos como excepción

Las actividades culturales aportaron directamente el 2,2 % del producto interior bruto español en 2023, según la última Cuenta Satélite de la Cultura. Esta medición se realiza dentro de un perímetro estadístico concreto y no representa todos los efectos indirectos que la cultura genera sobre turismo, tecnología, publicidad, comercio, hostelería o regeneración urbana.

En 2024, el empleo cultural alcanzó las 771.000 personas, un 6,6 % más que el año anterior y el equivalente al 3,6 % del empleo total en España. El 71,2 % de quienes trabajaban en el sector poseía educación superior, frente al 46,7 % del conjunto nacional, lo que confirma su elevada concentración de conocimiento y cualificación profesional.

España contaba al comienzo de 2024 con 185.544 empresas cuya actividad principal era cultural, el 5,7 % de las recogidas en el Directorio Central de Empresas. Sin embargo, el 68,3 % no tenía ningún asalariado y otro 26,6 % disponía de entre uno y cinco trabajadores. En conjunto, casi el 95 % del tejido empresarial cultural tenía cinco empleados o menos.

Este dato explica buena parte de la paradoja española. Disponemos de una enorme cantidad de profesionales, autónomos, productoras, editoriales, compañías artísticas, estudios, diseñadores, músicos, desarrolladores y pequeñas empresas. Lo que nos falta con demasiada frecuencia son estructuras capaces de financiar desarrollo, acumular propiedad intelectual, consolidar catálogos, acceder a mercados exteriores y crecer más allá de cada proyecto.

La cultura española posee talento. Su problema es convertir ese talento en continuidad industrial.

Existe una demanda real

La cultura no representa una actividad marginal reservada a una minoría. Los hogares españoles destinaron 14.341,9 millones de euros a bienes y servicios culturales en 2024, aproximadamente el 2,2 % de su gasto total. Durante ese mismo año, más de 38 millones de viajes estuvieron motivados principalmente por la cultura y generaron un gasto asociado superior a 38.400 millones de euros. Estas cifras no deben sumarse directamente a la aportación cultural al PIB, porque responden a metodologías distintas, pero muestran la capacidad de la cultura para movilizar consumo y actividad económica en otros sectores.

Las exportaciones de bienes culturales alcanzaron provisionalmente los 2.137,2 millones de euros en 2024. Sin embargo, esta estadística recoge principalmente productos físicos y no refleja plenamente una economía creativa donde cada vez tienen más importancia los servicios digitales, las licencias, los formatos, la distribución internacional, los derechos audiovisuales y la propiedad intelectual.

Medimos relativamente bien cuántos libros, películas o bienes culturales se producen. Medimos peor quién conserva sus derechos, qué ingresos generan durante su vida comercial, cuánto valor permanece en España y cuántas empresas consiguen convertir una primera obra en un catálogo sostenible.

Y esa información es fundamental. Una industria creativa no se construye únicamente produciendo más contenido. Se construye conservando una parte significativa del valor que ese contenido genera.

Producir no es lo mismo que poseer

España ha avanzado notablemente como territorio de producción audiovisual. El país dispone de localizaciones, profesionales, infraestructuras, incentivos fiscales y una integración europea que lo hacen atractivo para proyectos internacionales.

El Gobierno informó en julio de 2026 de que el Plan Spain Audiovisual Hub había movilizado más de 1.600 millones de euros. Según los datos presentados entonces, España alcanzó 423 producciones audiovisuales en 2025 y más de 64.000 empleos en el sector, tras un fuerte crecimiento desde 2021.

En 2024, la inversión audiovisual habría alcanzado los 2.900 millones de euros, después de una década de crecimiento superior a la media europea. Las nuevas operaciones público-privadas anunciadas durante 2026 incluyen estudios de producción y posproducción y persiguen expresamente mantener en España actividades que anteriormente podían externalizarse.

Es una evolución positiva. Atraer rodajes genera empleo, contratación local, inversión tecnológica, actividad hotelera, transporte, construcción de decorados, servicios profesionales y formación de equipos. Los incentivos pueden producir un retorno económico considerable cuando están bien diseñados y se evalúan correctamente.

Pero atraer producciones no es lo mismo que construir una industria propia.

Un país puede convertirse en un excelente proveedor de servicios para proyectos extranjeros y continuar ocupando una posición subordinada en la cadena de valor. Puede aportar localizaciones, técnicos, estudios, efectos visuales, animación y posproducción mientras el desarrollo, la financiación, la propiedad intelectual, la distribución y los beneficios recurrentes permanecen en otros territorios.

El trabajo termina cuando termina la producción. La propiedad intelectual, en cambio, puede generar ingresos durante décadas.

Por eso el éxito de la política audiovisual no debería medirse únicamente por el número de rodajes o por el gasto realizado durante la producción. También debería medirse mediante preguntas más exigentes:

¿Cuántas empresas españolas conservan derechos sobre las obras? ¿Cuántos catálogos propios se están construyendo? ¿Cuántos formatos se exportan? ¿Cuántas producciones españolas generan secuelas, adaptaciones, licencias, videojuegos o productos derivados? ¿Cuántos estudios pueden pasar de prestar servicios a coproducir y poseer?

El verdadero capital es la propiedad intelectual

En una economía industrial tradicional, buena parte del valor se encuentra en fábricas, maquinaria, terrenos y redes logísticas. En la economía creativa, una proporción decisiva se encuentra en activos intangibles: personajes, historias, canciones, formatos, marcas, diseños, universos narrativos, catálogos y derechos de explotación.

Una obra puede viajar sin transportar toneladas de mercancía. Puede traducirse, adaptarse, licenciarse y distribuirse simultáneamente en numerosos mercados. Puede generar actividad audiovisual, editorial, musical, turística, educativa y tecnológica alrededor de una misma propiedad.

España posee una ventaja extraordinaria: una lengua y una cultura capaces de circular por una comunidad internacional de enorme dimensión. Pero compartir idioma no garantiza automáticamente una posición industrial fuerte. Para aprovecharlo necesitamos empresas con capital, conocimiento jurídico, capacidad de distribución, estrategia internacional y voluntad de conservar propiedad.

Cuando una empresa española vende demasiado pronto todos sus derechos para poder financiar una producción, resuelve el proyecto inmediato, pero puede perder el activo que permitiría financiar los siguientes.

La debilidad financiera termina convirtiéndose en pérdida de soberanía creativa.

Qué significa soberanía creativa

Soberanía creativa no significa aislamiento cultural, proteccionismo indiscriminado ni control político de los contenidos. Tampoco significa que todas las obras tengan que ser financiadas o poseídas exclusivamente por capital español.

Significa que un país conserva la capacidad material para:

  • Desarrollar sus propias historias.
  • Financiar una parte de su producción.
  • Mantener empresas y profesionales competitivos.
  • Negociar coproducciones desde una posición sólida.
  • Poseer y explotar propiedad intelectual.
  • Distribuir contenidos internacionalmente.
  • Preservar su patrimonio digital.
  • Decidir qué parte de su cultura quiere transmitir a las siguientes generaciones.

Una nación culturalmente abierta puede colaborar con el mundo sin limitarse a trabajar para él.

España debe seguir atrayendo inversión internacional, pero también tiene que utilizar esa actividad para fortalecer sus propias capacidades: formación, estudios, tecnología, financiación, distribución y propiedad intelectual.

Una industria fragmentada proyecto a proyecto

La producción cultural suele organizarse alrededor de obras concretas. Una película, un disco, una exposición, un videojuego, una representación teatral o una colección editorial reúnen temporalmente a profesionales y empresas que se dispersan al terminar el proyecto.

Esta flexibilidad forma parte de la naturaleza del sector, pero también genera fragilidad. Los equipos se forman y desaparecen, el conocimiento se pierde, la financiación se reinicia desde cero y numerosas empresas permanecen atrapadas en una sucesión de proyectos sin capital suficiente para crecer.

Una política cultural centrada exclusivamente en financiar obras puede producir muchas obras sin construir necesariamente empresas más sólidas.

Las ayudas públicas cumplen funciones legítimas: protegen diversidad, hacen posibles proyectos de riesgo, compensan las limitaciones del mercado lingüístico y garantizan acceso cultural. Pero deberían integrarse dentro de una arquitectura más amplia que también ayude a las organizaciones a consolidar equipos, desarrollar proyectos antes de producirlos, internacionalizar catálogos y reinvertir sus ingresos.

No se trata de sustituir la subvención por el mercado. Se trata de dejar de utilizar la subvención como sustituto de una política industrial.

El desarrollo es el eslabón olvidado

Una de las mayores debilidades de las industrias creativas españolas aparece antes de la producción. Desarrollar una obra requiere tiempo y capital sin garantía inmediata de retorno.

Hay que investigar, escribir, diseñar, probar, producir prototipos, negociar derechos, preparar presupuestos, analizar públicos, construir materiales de venta y buscar socios. Sin una fase de desarrollo sólida, los proyectos llegan inmaduros a la financiación o terminan aceptando condiciones desfavorables para poder existir.

El sistema público suele financiar mejor la producción visible que el proceso invisible que la hace posible. También el capital privado prefiere con frecuencia entrar cuando un proyecto ya dispone de ayudas, contratos o preventas.

Esto deja un vacío entre la idea y la producción.

Una verdadera política industrial debe financiar ese riesgo inicial. No para decidir desde el Estado qué historias deben contarse, sino para que los proyectos lleguen al mercado con mayor calidad, capacidad negociadora y posibilidad de conservar sus derechos.

Empresas creativas capaces de crecer

La atomización del sector no puede resolverse obligando a todas las empresas a convertirse en grandes corporaciones. Buena parte de la riqueza cultural procede precisamente de estructuras pequeñas, especializadas, independientes y diversas.

Pero un ecosistema formado casi exclusivamente por microempresas carece de capacidad suficiente para asumir proyectos complejos, invertir en tecnología, acceder a financiación internacional o sostener investigación y desarrollo.

España necesita una capa intermedia más fuerte: productoras, editoriales, estudios, distribuidoras, compañías musicales, desarrolladoras y empresas de diseño capaces de mantener equipos estables y gestionar varios proyectos simultáneamente.

Esto requiere instrumentos financieros distintos de una ayuda convencional:

  • Préstamos participativos.
  • Garantías públicas.
  • Fondos de coinversión.
  • Capital paciente.
  • Líneas de desarrollo.
  • Financiación de catálogos.
  • Anticipos sobre derechos.
  • Apoyo a coproducciones.
  • Mecanismos que permitan agrupar proyectos para reducir riesgo.

La cultura no necesita que el Estado sustituya al empresario. Necesita que reconozca que una empresa cuyo principal activo es intangible no puede financiarse siempre mediante los mismos criterios que una empresa con inmuebles o maquinaria.

Empleo cualificado no debe significar precariedad cualificada

El sector cultural reúne una proporción extraordinariamente alta de profesionales con estudios superiores, pero también depende intensamente del trabajo autónomo, la contratación temporal y la discontinuidad entre proyectos. En 2024, los hombres representaban el 59,4 % del empleo cultural y las mujeres el 40,6 %, una brecha superior a la observada en el conjunto de la Unión Europea.

Una política industrial no puede considerar exitoso un sector únicamente porque aumente el número total de trabajadores. Debe preguntarse por la estabilidad, la evolución salarial, la continuidad profesional, la conciliación, la formación y el acceso a puestos de dirección y propiedad.

También debe reconocer una realidad particular: el trabajo creativo no siempre encaja en sistemas laborales diseñados alrededor de una actividad regular y continua. Los periodos de investigación, escritura, preparación o búsqueda de financiación forman parte del trabajo aunque todavía no exista una producción activa.

Profesionalizar la industria significa mejorar su capacidad empresarial, pero también evitar que el riesgo termine descansando exclusivamente sobre creadores y trabajadores.

Formación conectada con la industria

España forma intérpretes, diseñadores, escritores, técnicos, artistas, animadores y especialistas audiovisuales, pero no siempre conecta esa formación con las necesidades reales de las cadenas de producción.

Las industrias creativas requieren perfiles artísticos y técnicos, pero también productores, supervisores, gestores de derechos, abogados especializados, responsables financieros, distribuidores, agentes de ventas, directores de producción, expertos en marketing y profesionales capaces de internacionalizar contenidos.

No basta con enseñar a crear. También hay que enseñar a producir, financiar, negociar, distribuir y conservar la propiedad.

La formación profesional, las universidades, las escuelas artísticas y las empresas deberían colaborar mediante programas de prácticas reales, formación dual, residencias, mentorías y actualización permanente. Los incentivos públicos a grandes producciones podrían vincular parte de sus beneficios a compromisos verificables de formación y transferencia de conocimiento.

La inteligencia artificial cambia las reglas

La inteligencia artificial generativa modifica ya la forma de escribir, diseñar, doblar, animar, componer, traducir, producir imágenes y gestionar archivos. Puede reducir costes, acelerar tareas y permitir que estructuras pequeñas accedan a capacidades antes reservadas a grandes compañías.

Pero también plantea riesgos evidentes: utilización de obras sin autorización, sustitución laboral, homogeneización estética, suplantación de identidades, pérdida de control sobre voces e imágenes y concentración de valor en plataformas tecnológicas exteriores.

La respuesta no puede consistir en prohibir toda herramienta ni aceptar cualquier uso bajo la idea de que el progreso es inevitable.

España necesita reglas claras sobre consentimiento, remuneración, transparencia, trazabilidad de contenidos y protección de la identidad profesional. También debe fomentar modelos, infraestructuras y repositorios que permitan desarrollar tecnología respetando derechos culturales y propiedad intelectual.

Si la nueva economía creativa se construye únicamente sobre herramientas, datos y plataformas extranjeras, una parte creciente del valor volverá a abandonar el país.

España ya está avanzando

Sería incorrecto afirmar que España no está desarrollando políticas para el sector. El Spain Audiovisual Hub ha movilizado inversión, atraído producciones y promovido nuevas infraestructuras. El Ministerio de Cultura mantiene programas específicos para cine, libro, música, artes escénicas, videojuegos, pódcast y creación digital. En 2024, por ejemplo, destinó ocho millones de euros a 133 proyectos de videojuegos, pódcast y nuevas narrativas digitales.

ICEX impulsa marcas y delegaciones de internacionalización para audiovisual, animación, música y otros ámbitos creativos. En 2026, más de cincuenta empresas españolas participaron bajo Animation from Spain en el mercado internacional de Annecy, junto con más de un centenar de profesionales.

La cuestión no es negar estas iniciativas, sino conectarlas dentro de una visión industrial completa.

España dispone de ayudas, incentivos, organismos, estadísticas, programas de internacionalización y financiación pública. Lo que todavía necesita consolidar es una arquitectura común orientada a producir empresas sostenibles, propiedad intelectual y capacidad exportadora a largo plazo.

Una propuesta GEN21: España Crea 2035

GEN21 propone desarrollar España Crea 2035, una estrategia nacional de industria y soberanía creativa que coordine cultura, industria, economía, educación, transformación digital, acción exterior y política territorial.

No sería un nuevo programa general de subvenciones ni una marca de promoción. Sería una política industrial a diez años con objetivos verificables y continuidad más allá de una legislatura.

1. Medir dónde permanece el valor

España necesita un sistema estadístico que no se limite a contar producciones, empresas o espectadores. Debe medir propiedad intelectual, ingresos por derechos, exportación de servicios creativos, inversión privada, salarios, supervivencia empresarial y distribución territorial del valor.

Cada ayuda o incentivo relevante debería permitir conocer:

  • Cuánto empleo nacional genera.
  • Qué parte del gasto permanece en España.
  • Quién conserva los derechos.
  • Qué formación produce.
  • Qué inversión tecnológica deja.
  • Qué recorrido internacional alcanza.

La evaluación no debe servir para imponer un único modelo creativo. Debe servir para saber qué políticas construyen capacidad duradera.

2. Financiar el desarrollo

España Crea debería disponer de instrumentos específicos para escritura, investigación, prototipado, diseño, desarrollo visual, pruebas técnicas y preparación comercial.

La financiación podría ser recuperable cuando el proyecto alcance producción o genere ingresos, permitiendo reinvertir los retornos en nuevas obras.

El objetivo sería que los creadores y empresas llegasen a la negociación con proyectos más desarrollados y menor necesidad de ceder todos sus derechos en la primera oportunidad.

3. Conservar propiedad intelectual

Las ayudas públicas no deberían exigir que toda la propiedad permanezca en España, porque muchas producciones necesitan coproducción y financiación internacional. Pero sí pueden incentivar que empresas y creadores españoles conserven una participación significativa en los derechos.

Cuando un proyecto financiado con recursos públicos genere beneficios extraordinarios, una parte del retorno podría alimentar nuevos fondos de desarrollo, sin penalizar el éxito ni convertir al Estado en productor permanente.

El principio sería sencillo: el apoyo público debe contribuir a crear activos, no solo a cubrir costes.

4. Construir empresas, no únicamente proyectos

Las políticas deberían permitir financiar planes empresariales plurianuales, catálogos y grupos de proyectos, en lugar de examinar siempre cada obra de forma aislada.

Una empresa que desarrolla cinco producciones puede compensar el fracaso de una con el éxito de otra. Una empresa obligada a sobrevivir proyecto a proyecto carece de esa capacidad.

Los instrumentos públicos de financiación y garantía deben reconocer esa lógica de cartera.

5. Completar las cadenas de valor

No basta con rodar en España. Hay que desarrollar, producir, posproducir, distribuir, vender, archivar y explotar desde España.

La política de incentivos debería valorar especialmente las producciones que incorporen:

  • Desarrollo nacional.
  • Propiedad intelectual compartida.
  • Posproducción.
  • Animación y efectos visuales.
  • Música.
  • Tecnología.
  • Formación;
  • Distribución.
  • Generación de catálogos.

El objetivo no es obligar a realizar toda la cadena dentro del país, sino evitar que España se especialice exclusivamente en los eslabones con menor capacidad de capturar valor futuro.

6. Crear polos territoriales conectados

Madrid y Barcelona seguirán siendo centros fundamentales, pero la economía creativa puede distribuir actividad cualificada por todo el país.

Canarias, País Vasco, Comunitat Valenciana, Galicia, Andalucía, Navarra, Asturias y otras regiones poseen incentivos, patrimonio, escuelas, infraestructuras o especializaciones que pueden convertirse en nodos complementarios.

No se trata de levantar un gran edificio cultural en cada territorio. Se trata de identificar capacidades reales y conectarlas mediante producción, tecnología, formación y acceso a mercados.

Un polo sin proyectos termina siendo una infraestructura vacía. Un ecosistema necesita empresas, profesionales, financiación y continuidad.

7. Internacionalizar desde el comienzo

La internacionalización no debería comenzar cuando una obra está terminada. Debe formar parte de su diseño financiero y comercial desde la fase de desarrollo.

ICEX, institutos culturales, embajadas, festivales y oficinas comerciales deberían trabajar con objetivos coordinados para facilitar coproducciones, ventas, licencias y presencia estable en mercados internacionales.

España no necesita únicamente exportar obras individuales. Necesita exportar empresas, catálogos, formatos, personajes, tecnología y servicios creativos.

8. Proteger y actualizar el talento

La estrategia debe incorporar formación continua, movilidad profesional, estándares laborales, igualdad efectiva y adaptación tecnológica.

Las producciones beneficiarias de grandes incentivos podrían asumir compromisos proporcionales de formación, prácticas remuneradas y acceso de nuevos profesionales a departamentos con escasez de talento.

La transferencia de conocimiento debería considerarse parte del retorno público.

9. Integrar cultura y tecnología

Videojuegos, animación, producción virtual, realidad extendida, inteligencia artificial, diseño digital y experiencias inmersivas desdibujan la frontera entre industria cultural y sector tecnológico.

Los programas públicos no deberían obligar a un proyecto a elegir artificialmente entre ser cultural o tecnológico. Necesitan instrumentos capaces de evaluar ambos componentes.

La creatividad es una de las formas más avanzadas de innovación porque transforma conocimiento, emoción y tecnología en activos que pueden circular globalmente.

10. Gobernanza y evaluación independiente

España Crea 2035 debería contar con una dirección profesional, participación sectorial plural y evaluación externa periódica.

No debe ser gestionada exclusivamente por representantes políticos ni capturada por grandes empresas o asociaciones concretas. Creadores, trabajadores, pymes, distribuidores, financiadores, instituciones culturales, universidades y expertos en propiedad intelectual deben formar parte de su revisión.

Cada dos años deberían publicarse resultados sobre empleo, inversión, derechos, exportaciones, salarios, igualdad, supervivencia empresarial y distribución territorial.

Una política cultural adulta

Tratar la cultura como industria no significa reducirla a mercancía. Significa reconocer que la libertad creativa también necesita estructuras materiales.

Sin financiación no hay desarrollo. Sin empresas no hay continuidad. Sin distribución no hay público. Sin propiedad intelectual no hay autonomía. Sin profesionales adecuadamente remunerados no existe una industria sostenible.

La política pública debe proteger aquellas expresiones culturales que el mercado no puede garantizar, pero también debe ayudar a construir empresas capaces de competir sin depender permanentemente de una ayuda.

La dicotomía entre cultura subvencionada y cultura comercial pertenece a un debate demasiado pobre. Las grandes industrias creativas internacionales combinan capital privado, incentivos, regulación, infraestructuras públicas, diplomacia cultural y protección de derechos.

España debe hacer lo mismo con transparencia, evaluación y ambición.

Crear en España y construir desde España

Nuestro país posee creadores, profesionales, paisajes, patrimonio, idioma, capacidad técnica y una creciente presencia internacional. También ha demostrado que puede atraer producciones complejas y convertirse en un territorio competitivo.

El siguiente paso es más difícil: transformar esa actividad en propiedad, empresas y continuidad.

No basta con que una película se ruede en España si ninguna empresa española participa en su futuro. No basta con formar profesionales si deben emigrar para desarrollar una carrera estable. No basta con producir una obra excelente si no existe una estructura capaz de distribuirla. No basta con atraer capital si el conocimiento y los derechos desaparecen cuando termina el proyecto.

La soberanía creativa no consiste en cerrar las puertas al mundo.

Consiste en poder abrirlas sin renunciar a construir algo propio.

España no necesita elegir entre proteger su cultura y convertirla en una industria. Necesita comprender que, en el siglo XXI, ambas responsabilidades forman parte de la misma estrategia nacional.

Nota de transparencia

F. J. Alonso Varela, impulsor de GEN21, desarrolla su actividad profesional en la industria audiovisual y tecnológica y es fundador de Jimsonweed Studios. Esta experiencia constituye una perspectiva relevante para el análisis, pero también un potencial interés sectorial que GEN21 considera necesario declarar. Los datos utilizados proceden de fuentes públicas y estadísticas oficiales.

Fuentes y documentación

ICEX, Internacionalización del audiovisual y la animación española.

Ministerio de Cultura, Cuenta Satélite de la Cultura en España, revisión 2024.

Ministerio de Cultura, Empleo cultural 2024.

Ministerio de Cultura, Empresas culturales 2024.

Ministerio de Cultura, Gasto de consumo cultural de los hogares 2024.

Ministerio de Cultura, Turismo cultural 2024.

Ministerio de Cultura, Comercio exterior de bienes culturales 2024.

Gobierno de España, Spain Audiovisual Hub y operaciones de inversión de 2026.

Eurostat, Empleo cultural e igualdad de género en Europa.

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